El Día de los Fieles Difuntos

Según la tradición el espíritu de los niños que han muerto regresa cada primer día de noviembre.

En cada casa hay un altar con ofrendas especiales para ellos.

“Los alimentos no se les ofrecen con picante, ese es un detalle importante, otro elemento característico es que se les ofrecen aguas de sabor o atole porque es dulce y los niños disfrutan toda esa parte… También se le ofrecen a los niños las flores blancas porque son puros porque se fueron sin haber probado placeres sexuales, son almas puras, almas blancas”, Amparo Rico, Departamento de Colecciones, Museo Nacional de Artes Populares.

En el altar para los angelitos se colocan juguetes que adoptan formas de temblorosas calacas, tumbas y sonajas.

También hay carritos, muñecas y dulces… Todo lo que tuvieron en vida y pudieran anhelar en su muerte.

“Caballos de vara, muñecas de cartón o para estas fechas se hacen las sonajas de calavera o juguetes de cartón como las muertes… Los entierros de tijera que están hechos con cabeza de garbanzo, es un juguete muy antiguo juguetes tradicionales que se hacían para esta época”, Carlos Rojas, Artesano Juguetero “Los Chintetes”.

En la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca, aún se cree que al morir los niños se convierten en nubes.

“Entonces regresan convertidos en lluvia, o en agua sagrada porque es la que va a provocar el siguiente ciclo agrícola”, Amparo Rico, Departamento de Colecciones, Museo Nacional de Artes Populares.

De ahí viene una etapa de reposo  para la propia tierra, por eso los más chiquitos descansan en ella.

Después de la conquista española se difundió la idea de que los niños que moría iban al cielo convertidos en angelitos.

Pero muchos años antes, los indígenas  ya tenían su propio consuelo.

“Existía un árbol nodriza incluso se llamaba el “Chichicuilotl” que era un árbol en forma de mamas donde los niños que morían mamaban un poco de la sabía de la madre Tierra”, Amparo Rico, Departamento de Colecciones, Museo Nacional de Artes Populares.

Ahora a los fieles difuntos, a los niños que ya murieron se les recuerda con alegría.

Hacen bailar calacas gigantes en su honor, las visten con coloridos trajes y hasta les cantan una canción.

Verónica González